Otra vida es posible


Hoy cumplo 36 años. Tengo que decirlo en voz alta para creérmelo. Ni el espíritu ni el espejo acreditan al carnet de identidad. Pero ahí están. ¿Qué has hecho con la mitad de tu vida? ¿Has sido feliz? ¿Lo eres ahora? 
Estoy en la flor y nata. Suficientemente joven y libre para hacer lo que quiera. Suficientemente experto para decidir mi futuro con criterio. ¿Qué buscas? ¿Qué quieres? ¿Qué armas tienes para lograrlo? La memoria selectiva suele traicionarnos dejando solo latentes los recuerdos positivos. Es difícil no volver al pasado, no recordar. No desear tener lo que se tuvo una vez y nos hizo felices. ¿Es eso lo que quieres? ¿O es solo el temor a no tener nada lo que te lleva a conformarte?

Estoy fundido. Es por eso que vuelvo. Pero no siento que el proyecto esté terminado. La etapa sí, el proyecto no. La búsqueda continúa. Y haré lo que sea necesario hasta completarla. Ahora tengo esta experiencia a mi favor, jugando en mi equipo, aconsejándome. Resetearé, regeneraré la ilusión e iré a por ella. Estos meses me han saciado la sed de viajar, de explorar, de descubrir. Una sed que no todo el mundo conoce ni comparte y que solo se entiende cuando se siente. No es explicable, se tiene o no se tiene. Es una droga, una necesidad, una inquietud. Es una atracción irreprimible.
Fundido de viajar. Parece imposible. Viajar es muy cansado. Y hacerlo solo mucho más. Requiere una resistencia psicológica grande. Autosugestión. Alguien me ha dicho últimamente que viajar es una forma sofisticada de estupidez. Tal vez. Tanto como pagar por correr sin avanzar sobre una cinta mecánica. Eso ni siquiera es sofisticado, pero tal vez te haga sentir bien. Y con eso basta. No lo hago por cultura. Lo hago porque mi espíritu me lo pide. Me pide volar. No creo que sea más culto quien más viaja, ni más listo el que más lee. Lo que sí creo es que la experiencia es la mayor fuente de conocimiento posible. 

Viajar puede ser tan solo visitar. Ir a un lugar, alojarse en un hotel o similar y salir a ver los lugares más destacados y realizar las actividades turísticas. A respirar la atmósfera, a probar la gastronomía. Lo tacharás de tu lista y seguramente no volverás jamás, porque el mundo es muy grande y hay muchos otros lugares que visitar. Lo he hecho cien veces y no me aporta demasiado.
O puede significar vivir experiencias. Inmiscuirse en un lugar. Involucrarse. Participar. He pasado seis meses en Nueva Zelanda, visitando cada rincón del país hasta sentir que podría trabajar en su oficina de turismo. He recorrido sus ciudades y pueblos, sus montañas, sus fiordos, he hecho las grandes rutas y también las pequeñas. He conducido por la izquierda, comido en sus restaurantes y dormido en sus alojamientos. He visitado el país. Me he saciado de Nueva Zelanda, porque estaba hambriento de ella. 

Y cuando más viajero me he sentido ha sido montado de paquete en un quad pastoreando ovejas en una granja de Waikupurau. Sentado en una diminuta barca de pesca en Totara North, antes del amanecer, para recoger las redes y después vender el pescado en el pueblo. Subido a una tabla de paddle board, solos en el agua casi de noche, rodeados de delfines en Curio Bay. Al recoger mejillones para la cena en la islita de los Marlborough Sounds. Sentado a la mesa con cinco niños neozelandeses cada día en Palmerston North. Todas esas experiencias son una valiosa fuente de riqueza personal. Algo que será ya parte de mí para siempre.

No es como tener una carrera o un idioma, es otro tipo de riqueza. Una que necesitas para tu bienestar personal, especialmente mental. Saber que has vivido lo que has vivido, y que pase lo que pase en el resto de tu vida, siempre recordarás lo que hiciste, y te sentirás bien. Por haber tenido el valor de seguir a tu corazón.

Welcome to Hawaii Mr. Spanish Man


La entrada en Honolulú fue gloriosa. Diez horas de vuelo y llegada a Hawaii el día anterior al que dejé Nueva Zelanda. ¿Comoor? Hay 22 horas de diferencia entre ambos lugares, pero solo se cruzan dos husos horarios, por lo que viajas al pasado. Me alucinan estas cosas. Salí de Auckland el 4 de mayo por la mañana y aterrizaba el día 3 por la noche. Viví dos veces la noche de ese viernes, una durmiendo tranquilamente, la otra respondiendo a las inquisitivas preguntas del policía del aeropuerto, obstinado en que no entrara a EEUU.

Uno de los requisitos que te piden en casi todos los países es disponer de un billete de vuelta o, en su defecto, salida del país en menos de tres meses, que es el límite estándar de permanencia en modo turista. Es una mierda burocrática más de este mundo de mierda que hemos creado, donde la burocracia, además de inservible, te hace perder tiempo y dinero. Como no sabía ni cuándo ni dónde me iba a ir de Hawaii volví a comprarme el billete más barato disponible, destino Vancouver –Canadá-, para evitar problemas. Cancelar o cambiar la fecha de ese vuelo me hubiera costado 70 dólares, una cifra absolutamente ridícula si mis intenciones no son honestas. 


Delante de mí había unas 50 personas en la cola de no residentes, fichando ante la ley, los dedos escaneados y fotografiados de frente y sin gafas. A una media de un minuto por trámite, una hora pasó hasta que llegó mi turno. El señor policía -estampa hawaiana del teniente Bigun- comprobó mi pasaporte y me pidió otro documento de identidad. Le di el DNI, mala decisión, porque en esa foto tengo cara de terrorista intelectual. Me pidió también el carnet de conducir, y alineó los tres documentos sobre su mesa. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte en Hawaii? Un mes. ¿Cuánto dinero llevas en dólares? 150. ¿150 dólares para un mes? Tengo las tarjetas de crédito. Enséñamelas. ¿Cuánto dinero tienes en ellas? No sé, suficiente. ¿Billete de salida? Lo tengo en el ordenador. Eso no me vale, lo quiero ver en un papel. Señor, he estado aislado en una granja en Nueva Zelanda, no tenía impresora, pero se lo puedo enseñar en mi pantalla. No me gusta, pero a ver. ¿A Canadá? ¿Qué vas a hacer allí? Lo mismo que los últimos 6 meses, estoy viajando por el mundo. ¿Tu solo? Sí. Eso es muy raro. Hay mucha gente que lo hace. ¿Y dónde te vas a alojar este mes? Las dos primeras noches en un hostel, luego no lo sé todavía.
Y ese fue el detalle que buscaba el teniente. En ese momento tenía cinco documentos míos delante suyo físicamente, y la pantalla de mi ordenador abierta en dos ventanas, una con el vuelo a Canadá y otra con la reserva del hostel. Llamó a otro camarada uniformado y le contó la historieta haciendo hincapié en que solo llevaba 150$ y solo tenía reserva para las dos siguientes noches. Empezaron las preguntas a dos bandas sobre mi profesión, actividades recientes, qué hacía en Nueva Zelanda, porqué me había ido de España, etcétera etcétera etcétera. Nada de poli bueno poli malo, allí solo había dos mendas con pistola preguntándome en estéreo y a discreción.
Cuando terminaron conmigo la cola se había terminado, solo quedaba yo, y el teniente Bigun, por fin, decidió dejarme ir. Ya no se que más pedirte. Lo tienes todo. Márchate.

Como me suele pasar a menudo ya no me pongo ni nervioso. Ahora soy capaz de entender lo que me dicen. En Australia me llevaron directamente al cuartito para interrogarme, y allá por el año 2004 no hablaba ni la mitad de inglés, así que lo pasé un poco mal.
El hecho de ser español no ayuda nada. Mucha gente está saliendo del país en busca de la oportunidad que se les niega en casa, y los permisos de trabajo en el extranjero son muy difíciles de conseguir. En cuanto ven la nacionalidad en el pasaporte salta la alarma. Españoles, italianos, portugueses, griegos. Alarm! No he conocido un solo alemán al que le hayan puesto el flexo en la cara.
No obstante, mi teoría más firme es que me paran por mi cara de moro. Me toca demasiadas veces la china y ya me pasaba antes de la crisis. ¿Español este moro gafotas? No me cuadra. Stop.

El espíritu Aloha

Hawaii es tal y como lo imaginaba. Una especie de paraíso en el que me gustaría quedarme a vivir. Playas, palmeras, surf, vóley, ambientazo, gente de todos los tipos y colores. Y un clima perfecto. Es como estar siempre de vacaciones.


Llegaba fundido de Nueva Zelanda. Psicológicamente agotado de tanto viajar, de moverme, de cambiar de casa, de amigos y de familia cada semana, de no deshacer la maleta en 6 meses. Del inglés. Necesitaba parar y estabilizarme. Pero no iba a pasar por Hawaii sin verlo, ¿no? Como mínimo me daría un garbeo por la playa. Así que pensé: puedo intentar buscar la estabilidad que necesito en Hawaii. Asentarme allí.

El autobús no da cambio y me tima 3 dólares, un borracho me grapa en el trayecto y al llegar al hostel pasada la medianoche me dan la litera de arriba. La de abajo está tapada con sábanas y toallas a modo de cortinas, y los tapones de los oídos me quitan el ruido pero no los meneos de la cama cuando los ocupantes pasan de los preliminares verbales a la acción fornicadora. De momento, estabilidad poca.

Por la mañana salgo a la calle y es casi amor a primera vista. Palmeras por todas partes. Colorido. Música de ukulele. Me encanta la iconografía, el rollito Aloha, los temas con flores, la tipografía, los colores. Todo. Me encanta la gente con la tabla del surf bajo el brazo, descalzos. Muchísima juventud. Multiracial. El color del agua del mar. Azul cian, parece de mentira. Hay surfistas hasta donde te alcanza la vista. Es Waikiki Beach. 


El primer paso para estabilizarse es encontrar un trabajo. En tres semanas hago cuatro entrevistas, todas relacionadas con mi sector, y me ofrecen los cuatro puestos. El delicado punto del permiso de trabajo se convierte en denominador común y barrera infranqueable. En la tercera, con un importante productor de TV, la sinceridad es descorazonadora. Tienes exactamente el perfil profesional que estoy buscando. Podrías empezar a trabajar inmediatamente, pero el permiso de trabajo es inviable. Mi consejo es que te cases con una americana.

El ostión de realidad me pegó de revés. Contaba con que fuese difícil, pero no imposible. Contaba con la burocracia, pero no con la prohibición. Evidentemente hay trabajo. No para los de fuera. No los quieren en EEUU, da igual que hables el idioma, que estés cualificado. Si estás cualificado menos aún. Todavía si vas a barrer el suelo pueden hacer la vista gorda. El gobierno no te quiere en su país, eres malo para las estadísticas. Desde el 11S las medidas de control de extranjeros se endurecieron aún más, y ahora las empresas tienen que pagar más dinero por contratar emigrantes y, sobre todo, responder ante Inmigración sobre por qué te contratan a ti, extranjero de mierda, antes que a un americano.

Apesta. El mundo apesta. Somos tan marionetas. Tan insignificantes, tan números. Una de las empresas llevaba un año buscando un tío que le desarrolle el departamento audiovisual, y no lo encontraron en Hawaii. En un año. Y pusieron un anuncio en internet para encontrarlo. Y llegué yo e hice la entrevista con ellos. ¿Hablas el idioma? Sí. ¿Tienes las cualidades profesionales? Sí. ¿La empresa te quiere? Sí. Da igual. Fuera. No me vales para la estadística. Podría haberme quedado trabajando en negro. Chupado. Trabajar un rato y viajar por Hawaii. Así tres meses. Pero lo que yo buscaba era estabilidad. Dejar de dormir en hostales compartiendo cuarto y ducha con seis manolos, empezar a conocer gente, tener un grupo de amigos, comenzar una nueva vida.

Vete a tu país a trabajar.
Soy español, ¿recuerdas?

Kauai


Así que me fui a la isla jardín. Un ejemplo más de lo que hace el hombre en el paraíso. Joderlo.

Conducir por Kauai es la antítesis del relax. Para empezar te meten miedo al recoger el coche de alquiler diciendo que el robo y los golpes está a la orden del día y que si no contratas seguro la broma te puede salir cara, aunque no sea tu culpa. El coche me costó 180$ por 5 días, y el seguro más barato, que ni siquiera lo cubría todo, me lo dejaban a 300. Tócate los cojones. Ya iré con cuidado, señora.
Sales a la carretera y cada 500 metros te cambian el límite de velocidad a una cifra más ridícula que la anterior, y te recuerdan por triplicado el montante de la multa que te van a meter si te lo saltas. Obras. Más obras. Otra señal. Otra advertencia. Otro aviso de radar por láser. No corras. No te bañes. No pises el césped. No pases de aquí. No tires basura. No seas feliz. Prohibido. Prohibido. ¡Prohibido! Yo jamás tiraría mi vaso de plástico al río, ni me levantaría a las 5 de la mañana en una habitación donde duermen 6 personas haciendo todo el ruido que me plazca. Es una cuestión de educación. Educación que se enseña en las escuelas y en las casas, y que prevalece ante las amenazas de multas. 

Allí donde no impera la mano del hombre, Kauai es digno de su apelativo de isla jardín. Absolutamente verde, tan verde que aburre. Hay una nube perpetua que habita sobre la isla, tan grande como ella misma, y que unas veces se expande y lo cubre todo y otras deja libres las zonas costeras. Pero siempre está ahí. De ahí que sea uno de los lugares más húmedos del planeta. Claro, que para ser así de verde tiene que llover. Y con tanta lluvia y tanto sol hay arcoíris a diario. De esos completos, como los de los osos amorosos, o el pony marica aquel que volaba, yo que sé. Arcoíris enormes.

En el norte está la costa de Napali, seguramente la línea costera más espectacular de La Tierra, con unos acantilados erosionados que sobrecogen. Se puede recorrer a pie, con previa petición de un permiso, no te iban a dejar recorrer la naturaleza libremente. Puedes llegar sin permiso hasta la primera playa, a unos 3 km, y desde ahí a las cascadas, otro tanto, pero si quieres recorrer los 18 km de ruta suelta la pasta y pide el permiso de acampada. No se trata precisamente de una senda para niños y kumbayas. A la ida hacía sol y el terreno estaba seco. Aún así me encontré a una mujer que se había fracturado el brazo y a otra que me pidió que avisase a rescate porque se había golpeado una rodilla y no podía caminar. Al rato pasó el helicóptero a por ella. En pleno camino de vuelta se puso a llover, y como es terreno arcilloso el sendero se convierte en una pista deslizante. Imposible no caerse un par de veces o tres, hay que estar prevenido y tener la suerte de que no sea desde muy alto.
También puedes pagar unos 150$ por una excursión en barco o 125$ por la avioneta. Yo me di el capricho de verlo desde el aire, una hora de vuelo que bien vale su precio. Porque caminarlo mola y hay que hacerlo, estar dentro. Pero verlo, lo que es verlo, solo se ve bien desde fuera.

También en el norte pero con acceso desde el sur están el Waymea Canyon y el Kokee Park, la cara sur de la Napali Coast. Mira que llegaba ya en modo no impresionable, pues aún así me encontré entonando un “guau” cuando hice el Pihea Trail, allá donde termina la carretera. Una milla de recorrido que quita la respiración. Demasiado premio para el poco esfuerzo que requiere llegar allí.


Y por todas partes de la isla hay playas preciosas, de arena blanca, aguas claras, buen snorkel y fuertes oleajes. Los dos únicos hostels están en Kapaa, un pueblo pequeño y bonito, con un carril bici por la costa super recomendable.
Así es Kauai. Me da igual que sea americana o francesa. En cuanto la mano del hombre se mete por medio el mundo es un poco peor. La naturaleza es increíble, y las islas hawaianas un paraíso marcado.

Vancouver


Siempre tuve Vancouver entre mis futuribles para trabajar y, tal vez, para vivir. Una ciudad con buena producción audiovisual, y grandes trabas para obtener el work permit, según me informé. Ni siquiera lo intenté, ya había decidido regresar a España, estaba aquí solo de paso. De cotilleo.


Parece ser la ciudad más cara de Canadá para los residentes. Al menos la pasta está bien invertida, se respira calidad de vida por las cuatro esquinas. Menos para los indigentes que abarrotan las calles, ellos no deben verlo tan claro.
Lo mejor que se puede hacer aquí es subirse a una bici y recorrer la periferia de la península que compone el downtown. Dar la vuelta al Stanley Park, llegar a la isla de Granville, y seguir pedaleando hasta las playas y parques del exterior. Genial. Desde la bici esta ciudad es magnífica. Las montañas aún conservaban nieve en los picos a principios de junio, y cuando sale el sol se llena de vida con la gente que sale a pasear, a patinar, a leer tumbados en el césped, a sentarse en las terrazas. 


Pero a pesar de este infrecuente sol me sigue dando la impresión de ciudad fría. Serán sus altos edificios acristalados. Serán el silencio y la tranquilidad. Será la limpieza del aire. Será la sensación de otra ciudad grande donde nadie conoce a nadie y miles de personas viven juntas en un mismo espacio pero en líneas de tiempo paralelas, sin saber ni importarle quien es el tío que ronca en la litera de arriba.
Será que estoy ya de final.

Bye bye New Zealand

Parece imposible que esté de nuevo en Auckland, otra vez, como mi primer día en Nueva Zelanda, como en Navidad y Nochevieja, esta vez para despedirme. Mañana me marcho. Se termina esta aventura que comenzó mucho antes de coger el primer avión. Son ya seis meses fuera de casa pero casi diez desde que nació el proyecto, desde que decidí emprender el viaje.

Preparativos, indagaciones, planes, ilusiones y despedidas durante el verano en España. Nervios, emoción, incertidumbre, decisiones, personas, relatos, alquileres, reservas, emails, llamadas y aventuras durante el verano en Nueva Zelanda. Una mochila llena de experiencias inolvidables. Momentos excelentes que recordaré para siempre, anécdotas únicas y lugares increíbles. Muchos buenos, algunos regulares, y muy pocos malos. La soledad y la nostalgia, especialmente en el último mes, cuando el verano se terminó, los días se hicieron más cortos y el entusiasmo del principio dio paso a la rutina viajera, tan difícil de sacudir.

He sido jardinero, leñador, obrero y peón. Recolector, granjero, pastor, pescador y pescadero. He fregado, limpiado y lavado. He alimentado terneros, cerdos, cabras, gallinas, gatos, perros y humanos. He sido pintor y fontanero. Agricultor y cocinero. He fumigado, cavado, sembrado y plantado. He sido pinche en un restaurante, asistente en una barca de pesca, conductor de quads y camionetas. He sido cámara, fotógrafo, editor, postproductor y bloggero.

Hice todo lo que vine a hacer. Vi todo lo que quería ver.

La vida es sueño, y vivirlos un desafío solo apto para valientes. Los recuerdos de este viaje me acompañarán ya para siempre. Sus imágenes, sonidos, sensaciones y sentimientos son ya una parte de mi configuración, de mi personalidad. Un día miraré hacia atrás y recordaré todo lo que hice en mi vida. En ese momento espero que se me dibuje una sonrisa. Espero sentirme orgulloso. Como me siento ahora.

La familia maorí

Me recibieron con cánticos en su lengua y, al terminar, me pidieron que me levantase y dijese algo. Dí las gracias por el recibimiento y expliqué que había venido a esta casa porque estaba interesado en la cultura maorí, y pensaba que una convivencia tan cercana me aportaría mucho más que los museos. Kone llevaba la iniciativa, y su esposa y su suegra permanecieron sentadas hasta el final, cuando los tres se pusieron en pie y entonaron una canción que terminó con un welcome, welcome, welcome. Me indicaron que me acercase y los tres me saludaron al estilo maorí, juntando las narices y las frentes. Desde ese momento cada maorí que he conocido se presenta con su nombre y te choca nariz y frente

Aparte de eso el rollito maorí terminó bastante pronto. Viven en una casa absolutamente normal, salvo porque está a medio terminar, pero si no es por sus rasgos faciales y sus tatuajes podría ser cualquier otra casa neozelandesa, con sus perros, su jardín, su lavavajillas y su Harley Davidson. Aparte de la moto tienen cinco coches, entre ellos un Mercedes. El negocio no les va mal.

El primer día Kone me pilló por banda en el sofá y me soltó unas historias alucinantes sobre los orígenes maoríes, su pericia marinera, la llegada de los europeos y muchos otros relatos de sus ancestros que mantuvieron mi atención latente durante dos horas.  

Lo que los ingleses no entendían es que nuestro hogar no es Nueva Zelanda. Aquí es donde tenemos nuestra casa, pero nuestro hogar es el Océano Pacífico. Siempre hemos sido marineros. Por eso tardaron tanto tiempo en llegar a nuestra tierra, porque cuando avistaban nuestras frágiles canoas en el mar desde sus pesados barcos de tres velas y no lograban alcanzarlas quedaban perdidos en el océano. Y cuando por fin nos encontraron y fuimos a estrechar sus manos, decidieron aniquilar a esos salvajes de pieles cobrizas y pinchos en las orejas.
Y mil historias más. Es un tío cojonudo y un gran orador que se descojona en mitad de una frase cualquiera. La impresión de ese primer día se desvirtuó cuando se la escuché al día siguiente, reproducida al milímetro, desde la proa de la canoa que llevaba a una docena de turistas en uno de sus tours. Me había soltado el mismo rollo que a todo el mundo. Aún así me sigue cayendo genial pero, evidentemente, perdió gran parte de la credibilidad ancestral.

Su mujer, sin embargo, me trata con indiferencia. Algo le pasa conmigo, o con ella misma, o lo mismo es que es así, porque desde el primer momento percibo cierta hostilidad por su parte. Es una situación bastante incómoda, porque aquí solo vivimos tres y si con ella no hay buen rollo la cosa se complica.

Ese día en el tour de las canoas les ayudé a preparar el tinglado, y después me subí a la embarcación, como un turista más. Nos enseñaron a remar a lo maorí, nos llevaron a un poblado típico e interpretaron unas danzas y ritos de su pueblo. Absolutamente turístico. Ellos se jactan de tener el mejor y más auténtico tour maorí, pero yo me habría sentido decepcionado de haber pagado por ello. En cualquier caso, el negocio les va cojonudo, y están ampliando su flota para llevar a más guiris a la vez.

Y ese es mi curro en su casa. Tengo que renovar dos canoas de veinte metros para su inminente incorporación. Lijarlas, limpiarlas, quitarles el millón de moluscos y algas del fondo y pintarlas otra vez en los mismos colores. Bastante ligero, más
aún cuando al tercer día me dejaron solo en la casa y se fueron a una feria en Auckland. Me pasé cuatro días a mi bola, cuidando a los animales, recogiendo los huevos de las gallinas, alimentando al gigantesco cerdo, a la cabra, a los dos gatos y los tres perros.

Pero lo de dejarte solo en una casa recién llegado no es normal. A mí no me parece normal, al menos. Un día me levanto y no sale agua de los grifos. Esta gente se autoabastece de agua de lluvia que va llenando dos tanques enormes en el jardín. Uno de ellos estaba vacío. Ahora entérate tú por teléfono de dónde están las llaves inglesas, cómo quitar la tubería del tanque, conectarla al otro, ese a su vez a la bomba, resetear ésta y hacer que todo funcione otra vez. Después de cuatro o cinco llamadas lo conseguí, como un auténtico Pepe Gotera.
Y así me pasé cuatro días, como en el arca de Noé, dedicado a mis canoas y mis animalitos, a cocinar y a pensar en qué hacer con mi vida la próxima semana.

Sin saber muy bien como me he quedado aquí casi dos semanas, lijando canoas, pintando remos maoríes y preparando el siguiente paso en mi vida: Aloha.

Beer o'clock


Douglas me recogió en la diminuta localidad de Kaeo, muy muy al norte de la isla norte. Es un tío mazas de 57 años moreno casi tizón, del sol que le pega cuando va a pescar. Douglas es pescador de profesión y amante de la cerveza. Según llegamos a su casa me presenta a su perrita Belha, me enseña donde están los platos, las tazas y la nevera  y me deja allí solo durante unas horas, recién llegado. Me encargó cortar leña en trozos pequeños y él se fue a recoger las redes del agua. Take it easy, me dijo. Y se fue.

Volvió sobre las cinco. “It’s beer o’clock”, basta de currar. Me puso una copa de cerveza en la mano y no la dejó vaciarse hasta que se acabó el día. Y así cada día de los ocho que he pasado aquí. A las 5 en punto –a veces antes- empieza la beer o’clock, y no paras de beber hasta que te vas a la cama. Como a mí me toca fregar los platos de la cena, con la borrachera me he cargado dos tazas y una maceta esta semana. Una taza se me cayó al suelo, la otra se me cayó por la ventana, todavía no me explico cómo, y aterrizó diez metros más abajo en una jungla de vegetación que, por supuesto, no pienso explorar para recuperarla. Allí no se enteró nadie, y yo no pienso piar.
Douglas está casado con Annie, una señora escocesa de nacimiento a la que entiendo infinitamente mejor que a él, que habla neozelandés cerrado. A él le digo que yes a casi todo, lo cual suele llevar una de cada dos veces a la incómoda situación de mirada confusa y silencio desconcertante, y entonces salgo del atolladero con un “say it again, please”. Lo repite más despacio y vuelta al yes. Como con Annie sí que me entero solemos tener interesantes conversaciones variadas y variopintas. 

Además de la cerveza Douglas es amante del cub, un juego de lanzar palos y derribar estacas, fácil de pillar. Al segundo día le derroté, él que se jactaba de no haber sido derrotado jamás. Soy español, ¿a qué quieres que te gane? Después me ganó dos días seguidos y una tarde en casa de unos amigos suyos hicimos un torneo por eliminatorias, me enfrenté con él en la final y volví a machacarle. Está jodido desde entonces.

Entre birras y cub nos dedicamos a la pesca, en varias de sus vertientes. El primer día me libré del madrugón porque aquí estaba el tercer francés llamado Nicolas que conozco en los tres helpx compartidos que he tenido. Debieron hacer una buena cosecha de nicolases aquel año en que Arconada hizo aún más grande a Platini. El caso es que el francés se fue a pescar con Douglas esa primera mañana, y el muy mamón tuvo la inmensa suerte de ver orcas al amanecer, a escasos diez metros de la barca. Puto gabacho. Según nuestro anfitrión solo vienen por aquí una o dos veces al año, y él mismo las ha visto en contadas ocasiones. Desayunamos pescado -creo que por primera vez en mi vida- con ajo, cebolla y zanahorias, y el francés se piró a casa de unos vecinos a currar esta semana. Una pena, porque me había caído genial, y siempre es más divertido cuando hay otros helpers.

Al día siguiente llegó mi turno en la barca. En pie a las 5.45 de la mañana, una niebla que pinchaba y toda esperanza de avistamiento de orcas esfumada. Puto gabacho. Poco a poco se fue levantando la niebla y dio paso a un panorama espectacular, un puerto natural rodeado de colinas verdes. Precioso.
Mi curro en popa estuvo a la altura de los más grandes que he tenido por aquí, aquel esquilar ovejas, reunir el ganado con una vara o pilotar la moto de agua. Douglas recogía las redes poco a poco, echaba los peces a un cubo vacío y yo los recogía con mis manitas, los destripaba con un cuchillo, arrojaba las vísceras al mar y los metía en otro cubo de agua limpia. La mueca de asco al leer este párrafo me sale hasta a mí que lo estoy escribiendo. Hace no demasiados meses me ofrecen una carretilla de lingotes de oro por destripar peces vivos y ni la miro. Ya ves, la experiencia fue genial y sólo tuve que luchar contra la pena que me produce la agonía de los pobres bichos fuera del agua. Incluso una vez destripados siguen moviéndose, deslizándose y coleteando en busca de un camino de vuelta al agua. Bastante espeluznante. Pero este es su medio de vida, y yo estaba ahí para ayudar, no para juzgar.

Recogimos ciento una platijas esa mañana, y varios peces de otro tipo que no me acuerdo de cómo se llaman. Volví a currarme el desayuno con ajito y cebolla, y por la tarde fuimos a vender la mercancía a la carretera. Como los melones en España, pusimos un par de carteles a ambos lados de la calzada y allí nos plantamos, con la barca en el remolque y las neveritas repletas de pescado del día. Volaron en dos horas. 


Me contaron que antes vendían para una gran empresa, y Douglas salía a pescar a diario. Estaba molido y no eran felices. Decidieron pescar menos y ganar menos también, y ahora están encantados con su pequeño negocio. Como ellos mismos dicen: “Nosotros somos felices, hacemos felices a la gente y los peces son más felices porque pescamos menos que antes”. Aún así a mí me parece un curro bestial. Lleva dos días lloviendo sin parar, así que nos hemos dedicado a hacer redes. Cada red, de unos 100 metros de longitud, tarda en hacerse unas 6 horas si está él solo. Saca una media de 30 peces por red, que son 10 kg de pescado, y lo venden a 10 $/kg. Descontando el gasto en material, licencias y tal no sale muy a cuenta yo creo. Pero son felices y, al final, es lo único que importa.

Mi colega el pescador

Por la tarde me he ido con la bici, esta vez a Bream Bay, playón infinito en el que no había ni un ser humano a la vista. Estaba ya en el séptimo sueño de una deliciosa siesta playera cuando me despierta a voz en grito un tipo aparecido de la nada, y me dice que me vaya a pescar con él. Todavía estoy empanado de la siesta pero le digo que sí, que vale, y nos montamos en su todoterreno para volar por la arena hacia una zona igual de desierta pero mejor para pescar, según me cuenta mi nuevo e inesperado colega.


Steve, neozelandés, 40 años, padre a los 18, casado desde entonces, pintor hasta los 30 en la empresa de su primo y dueño de su propio negocio de pintura desde hace 10 años. Y le debe ir de cojones, porque su todoterreno cuesta 60.000 dólares, tiene una casa de vacaciones en Paihia con su propio amarradero y se ha dado el capricho de autoregalarse un “torpedo” por Navidad. Como su propio nombre indica, el torpedo surca el agua bajo la superficie marina arrastrando una cuerda de nailon a la que se enganchan los anzuelos.

Le ayudo a montar el dispositivo poniendo un trozo de pescado crudo en cada garfio, y después me pide que controle la velocidad de la cuerda mientras él suelta el aparato en el agua. Lo deja una hora en lontananza con su banderita naranja como un puntito invisible, y mientras esperamos nos contamos nuestras vidas. Alucina con que vaya solo por el mundo, él se considera incapaz, y yo alucino con que me haya despertado en mitad de una playa desierta, me meta en su coche, comparta la mitad de su almuerzo, me cuente sus preocupaciones vitales y me pida que conduzca su coche de 60.000 dólares para alejarlo del agua, porque está subiendo la marea. Termina ofreciéndome curro de pintor en su empresa.
Devolvemos el torpedo a tierra y le ayudo a quitar todas las algas adheridas a la cuerda. Recojo los anzuelos y cuando destripa a los dos únicos peces que hemos trincado me pide que les meta los dedos en la boca y me los lleve a lavar al mar. Hecho.
¿Quieres irte ya o hacemos otra tirada? Yo estoy guay, por mí genial. En esta pescamos seis hermosuras de floenders (platijas, y esto se lo he tenido que preguntar al Dr. Google, claro), y cuando terminamos de recoger todo el chiringuito está lloviendo con ganas. Metemos mi bici en la nave espacial y me deja en la puerta de casa, con un pescado de medio metro en cada mano.

Alice, la mujer de mi casa, no da crédito. Sale a darle las gracias por traerme -estaba preocupada por mí-, y según entramos a la cocina me urge a que le cuente la historia de cómo han llegado esos dos pescaditos a su nevera. Cosas de Nueva Zelanda, le digo.
Los cocinamos al horno en la cena del día siguiente, donde además tenemos tres invitados ingleses, que se deshacen en alabanzas hacia mi deliciosa aportación gastronómica y pericia en las artes pescatorias. Yo solo estaba echándome una siesta en la playa, señora.